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La Coctelera

unrincondemadrid

28 Diciembre 2010

Resucitó a las terceras elecciones

Es curioso constatar como uno puede pasar de un discreto segundo plano, dedicándose sólo en echar complacientes vistazos de vez en cuanto a las encuestas, todas ellas favorables,  a acaparar las portadas de todos los periódicos en un abrir y cerrar de ojos. Que le vamos a hacer, es la grandeza de la democracia. O la inabarcable ineptitud de los que ocuparon la poltrona anteriormente, a gusto de cada cual.

Artur Mas, el que ayer fuera el niño que salía enfurruñado de la foto de la política catalana, resentido sobretodo con el tripartito por haberle arrebatado por dos veces el "legítimo" despacho del Palau de la Generalitat que le correspondía, ahora se erige como el nuevo Obama, eso sí, a la catalana y un poco menos "bronceado", y permítanme parafrasear al gran ideólogo político, Silvio Berlusconi. Pero el tupé de Mas, parece que no tiene nada que envidiar a la sonrisa deslumbrante del primer presidente negro de los EEUU, al menos en cuanto a un cierto "populismo dialéctico".  En su emotivo discurso de  investidura, el líder convergente ha intentado, con mayor o mejor fortuna, dejar claro que no quería protagonizar el papel de "ser el resistente o salvador de Catalunya". Mas, únicamente se ha autodenominado "constructor" de una Catalunya a la que le gustaría ver plena. Pero advierte a navegantes, la plenitud nacional no es cosa de dos días, ni de nuevos llegados al Parlament con exceso de impaciencia. Primer recadito para Laporta y su flamante representación parlamentaria.

Pero, y a pesar que Mas ha hecho un esfuerzo público, el áurea que envuelve el traspaso de poderes tiene un cierto tufo mesiánico. Es la hora de Catalunya, la hora de Artur Mas. Se nota sobretodo cuando el líder convergente, con grandes dotes oratorias, habla de su periplo por el desierto y de paso, cómo durante estos años en la oposición ha "mamado" el territorio por los cuatro costados. Ahora dice, "se siente más preparado para el cargo" que ya desempeña. Además está en "paz consigo mismo".  "Cabeza fría, corazón caliente, puño de hierro y los pies en la tierra", es la declaración de intenciones que reza en el timón que presidirá el despacho de Mas por lo menos en los próximos cuatro años.  Todo este vocabulario más propio de una parábola sacada del mismísimo Antiguo Testamento, que del decidido pensamiento de un President pragmático como insiste Mas en presentarse, se me figura una sincera reflexión espiritual desde el púlpito, como buen creyente que es. Después de siete años de travesía por el desierto, Artur Mas cree de verdad haber purgado todos los pecados, heredados del Pujolismo, y haber resucitado, en este caso no al tercer día, como dice la Biblia que hizo Jesucristo, sino a las terceras elecciones. Y así mostrarse ante el ciudadano catalán, como "el elegido".

No me digan que el nuevo Govern no nace con un acentuado tufillo de salvación, aunque el propio Mas insista en negarlo. Sea la difícil situación económica o sea también, por el curioso espectáculo que está ofreciéndonos desde el PSC. José Montilla, el ya ex President, parece haberse quitado un peso de encima habiendo perdido las elecciones. Parece ser todo dulzura. Primero favoreciendo la investidura de Mas y dando el pistoletazo de salida a una "sociovergencia" en cubierta y luego por, como según dicen los nuevos inquilinos del Palau de la Generalitat, su alto sentido institucional al haber propiciado una plácida transición para CIU. ¡Ni una pataleta despistada ante las cámaras de televisión! ¡Ni un reproche perdido en algún micrófono indiscreto! ¡Ni un desliz en el bloc! ¡Nada! Montilla parece estar también metido en el ajo de este acto de fe. Da la sensación de estar un presenciando el sacrificio de un mártir. Es como si el ex President confesara sus propios pecados de mal gobierno. Como si, ahora, después de toda una campaña electoral a cara de perro,  reconociera en Mas al nuevo Mesias. Y no me quito de la cabeza la imagen de Montilla colocándole el colgante de oro presidenciable al convergente, como si de uno de los tres Reyes Magos, y permítanme la metáfora en estas fechas tan señaladas, se tratase. Únicamente ha faltado la estrella sobre la Plaza Sant Jaume para poner la guinda a este pastel tan presidenciable.

De momento el flamante President tiene varios temas peliagudos sobre la mesa. De puertas a fuera, la sentencia del Constitucional con respecto a la inmersión lingüística, la del Estatut y la consecución de un nuevo acuerdo económico más beneficioso para Catalunya. De puertas a dentro, moderar el debate soberanista, demostrando sus buenas dotes de equilibrista para no herir sensibilidades, incluso dentro de su propia formación, y luchar contra una feroz crisis económica que devora ya a muchos catalanes. Habrá que esperar al transcurso de los cien días de cortesía para saber si este nuevo gobierno "de los mejores", pero que ya empieza con polémica por la aceptación de la cartera de Cultura por parte del socialista catalán Ferran Mascarell, empieza a sacar a Catalunya a flote, o se convierte en un paseo por el monte Calvario.

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