Red lights
El día empieza en un coche rumbo a una localidad de la costa catalana. Nuestro destino, Villa Blanca, mansión venida a menos y de aspecto un tanto tétrico. Caravanas, roulottes, cables, trípodes... Hay que despejar el set y..., "silencio". La atmósfera es de una extraña seriedad, pero "de buen rollo". Varias personas que andan por ahí, van vestidas de negro, y que tienen seguro una misión, aunque no sea capaz de darme cuenta, rellenan el espacio. Provistos de riñoneras con miles de bolsillos, incipientes arneses que penden de abultados cinturones y walkitalkies sobresaliendo de los bolsillos, van pidiendo paso. Uno, termina de cablear algo, otro llama a los actores a escena, otro transporta la cámara hacia el set de rodaje.
La luz es tenue y con un claro tamiz rojo. El cubículo tiene las ventanas cerradas pero extrañamente se ve inundado por una rojiza marea de motas luminosas. Rodrigo Cortés, el director, se mueve de un lugar a otro de la siniestra habitación, agitado. La escena es una supuesta sesión de espiritismo. Espera la llegada de los actores dando instrucciones a los técnicos y demás personal del filme. Nadie sabe de dónde pero Sigourney Weaver dirige su paso firme hacia la roja habitación. Encabeza ella el elenco de actores de "Red Lights" el segundo trabajo, tras el inesperado éxito de "Buried". Una mesa cuadrada, como las típicas del salón de estar de nuestras abuelas, preside la escena. Y en el puro centro del tablero un curioso pedestal coronado por una bombilla. Alrededor, cuatro personas encajan sus manos, murmuran sonidos que no alcanzo a oír tras el cristal.
"Boom", -grita el director-, y algo extraño, inesperadamente ocurre. Desde el monitor al otro lado de la habitación, la mesa sobre la que apoyaban los antebrazos de los actores, vibra. Se mueve, consigue alzarse desde el suelo tambaleándose y haciendo estremecer y gritar, con un controlado terror, a los personajes sentados a su alrededor. Los invitados a la mesa son Elisabeth Olsen, Cillian Murphy y Toby Jones. "Cut", los actores pueden ir a comer. Cuarenta minutos antes de volver a rodar.
La media aquí son 40 planos por día de rodaje. Cortés pulveriza los tiempos del cine con su nuevo film. Revuelto de ajos tiernos y salmón a la plancha. Bajo la carpa blanca se extienden varias mesas plegables. Es el comedor de campaña del equipo de "Red Lights". Hoy comen todos juntos, pero no revueltos. Weaver y demás en una mesa, algo aparatada del resto. El director con los productores de la película -que hoy estaban de visita-, y los periodistas junto a cámaras, iluminadores, directores de fotografía, estilistas, maquilladores, etc. Es el mayor acto de comunión cinematográfico en estado puro. Donde los cargos y puestos se olvidan a la entrada del comedor durante 40 minutos. Luego, en la mansión, se recupera la compostura justo antes de que vuelva a oírse un nuevo "acción". Mientras, en algún lugar de Hollywood, Robert De Niro descansa satisfecho del trabajo bien hecho. A él le tocó actuar bajo las órdenes del director español una semana antes.
