Atrapados en cuerpos rotos
Roberto regresaba de un entreno en su moto. Recorría las escasas calles que le separaban el campo de su casa, en un pueblo cerca de Ibiza. Aquella tarde, un paso de cebra se interpuso en su camino. Las ruedas resbalaron. No pudo controlar el ciclomotor y saltó despedido. Una farola se le clavó a fuego en la espalada. Muchas horas después y tras varios diagnósticos e intervenciones había quedado parapléjico. Tiene 16 años. Javier iba de “paquete” en la moto con un amigo. La noche había caído hacía rato en su localidad natal, un pequeño pueblo cerca de Vic. En un adelantamiento, la moto se empotró contra un vehículo que circulaba en sentido contrario al suyo. Su amigo se fracturó las dos piernas. Él quedó con una lesión craneoencefálica severa. Tiene 15 años.
Roberto y Javier ahora son amigos. Comparten horas de rehabilitación en un centro hospitalario desde hace varios meses. Con paso aún torpe pero calculado, Javier empuja de forma un tanto espasmódica la silla de ruedas de Roberto. Entran en el polideportivo. Una gorra tapa parte de la cabeza y el rostro del primero. “Le tuvieron que quitar el hueso frontal del cráneo”, dice Pablo, el padre de Javier. Un tipo envejecido antes de tiempo. “Estuvo 30 días en la UCI antes de que pudiéramos llevarlo a planta”. “Los médicos no saben hasta donde va a poder recuperarse”. Continúa el hombre de ojos hundidos, mientras posa la mirada en el rostro del periodista. “Todavía no puede mantener una conversación, le falta concentración”. Mientras, supervisado por un cuidador, Javier se afana en realizar sus ejercicios. No despega los labios en ningún momento. Con una barra de madera toca con sus dos extremos unos conos dispuestos en semicírculo a su alrededor. Uno y después otros. Cada vez siguiendo una secuencia concreta. Intentando acordarse de cómo se hacía. “Era un buen estudiante”, sonríe de soslayo Pablo transportándose a un pasado ya muy lejano.
Roberto no quita ojo a su madre. Hace rato que ha bajado de la silla de ruedas y se ha sentado en la colchoneta. Adopta la posición de meditación. Piernas cruzadas, que ha tenido que movilizar como dos pesos muertos, con sus brazos y manos. Empieza con sus estiramientos Quisiera poder cerrar los ojos un segundo y cuando los volviera a abrir, poder ver como ese armatoste de cuero y metal hubiera desaparecido. Pero no. Continuaba allí, inmóvil, como un siniestro guarda-espaldas celoso de los juegos de su desdichado vigilado. “Ahora está mejor, pero al principio sufrió una depresión que le impedía avanzar”, asegura Adriana, su madre. “Comprender que tu hijo va a tener que utilizar una silla de ruedas para toda la vida es muy duro. Pero con el paso de los días te das cuenta de que lo que importa es que él está aquí, y que lo que queremos es que sea feliz dentro de sus posibilidades”. “La relación con mi hijo ha cambiado. Ahora dice que soy su mejor amiga y me cuenta como le ha ido en el gimnasio”. Y es que desde hace casi cuatro meses, desde aquél fatal día, no se ha despegado de su hijo. Lo mismo que Pablo. “He tenido que dejar de trabajar y mi hija está sola en Ibiza”, se lamenta Adriana.
“¿Quieres que haga el caballito?”, Roberto clava sus límpidos ojos en los míos. Dos o tres espinillas despuntan desafiantes en su frente. Yo le pregunto que qué es eso de hacer el caballito, pensando en que se trata de la forma con la que intenta evadirse de su realidad a costa de su nueva e inseparable amiga. “Es el truco que nos enseñan aquí para subir bordillos”. Como si el accidente nunca hubiera sucedido y con las ganas de vivir propias de un adolescente amante del deporte, se pone en marcha y nos deja a todos boquiabiertos. Se desplaza por el engomado suelo únicamente sobre las dos ruedas traseras, a la velocidad del relámpago. Desde un segundo plano, Javier se lo queda mirando. Sonríe mientras su padre esboza la primera sonrisa desde que entró en el polideportivo.
“Los niños, y cuanto más pequeños aún más, se adaptan mejor que los adultos a su nueva situación de inválidos”, asegura convencida la doctora Sánchez, especialista en lesiones neurológicas y cervicales en la infancia. Por su consulta han pasado muchos niños víctimas de un despiste al volante, de un “pero si es un momento“, o de un “si el camino lo he hecho mil veces”. “Muchos de los accidentes con lesiones graves para los niños se producen en trayectos cortos en los que no se había utilizado las medidas de seguridad adecuadas”. No abrocharse el cinturón o no llevar a nuestros pequeños en una sillita adaptada, por ejemplo. Aunque a veces no hace falta que hayan padecido un accidente grave, con un simple frenazo el niño puede sufrir daños neurológicos irreversibles”. Es lo que se llama el “baby shaking”. Al mismo tiempo que escruta con exactitud suiza mis preguntas, la doctora repasa mentalmente los casos de Javier y Roberto. Conoce a la perfección la historia de estos dos amigos unidos por el infortunio. Como también se sabe al dedillo lo casos de muchos otros pequeños del centro. Esos que arrastran taca-tacas, que realizan estiramientos en frías colchonetas o que ejercitan partes, ya sin vida, de su menudos cuerpecitos ayudados por estrafalarias máquinas. Una imagen que no concuerda. Algo dantesco. Son niños atrapados en cuerpos rotos.
