El amigo que fue
Ojeras descarnadas, ojos salidos igual que los de un enajenado. Piel de un rojo enfermizo y febril, castigada por la mala vida. Llevaba la barba mal afeitada y las canas empezaban ya a emerger como llamativas ramas blanquecinas flotando en un oscuro mar negro del cuero cabelludo. Algunas espinillas, más propias de otro tiempo, que de los despojos humanos que tenía ante mis ojos, asomaban despistadas por entre la mandíbula y el cuello. La cabeza hundida hacia el frente, se había acostumbrado a llevar la espalda encorvada. Una ligera cojera le delató cuando quiso que entrara con él al bar. Le seguí tras sus pasos zigzagueantes ¡Dios, tanto habíamos envejecido! Su cuerpo, igualmente castigado por la ansiedad del que quiso vivir deprisa e hizo oídos sordos a los consejos, se balanceaba como en busca de alguna sujeción. Su voz temblorosa retumbó en mi cabeza como un aullido del más allá. "¿Diego?". Sonó como una pregunta con respuesta anticipada.
Quién sabe los años que hacía que no le veía. Al menos en carne y hueso porque daba la casualidad que unas semanas antes le había visto en una fotografía de la infancia. Fue casi por casualidad, la nostalgia y la curiosidad por recordarme a mi mismo cómo fuimos, me impulsó a bucear entre mis memorias. Él y yo estábamos, junto con el resto de compañeros de parvulario, sentados en el suelo haciendo el trenecito. No tendríamos más de cinco años en aquella fotografía. Sonreíamos, con los ojos medio cerrados, cegados por el implacable sol de primera hora de la tarde en pleno mes de junio, al menos esa era la fecha que aparecía en el reverso del papel de fotografía. Éramos felices. Ignorábamos, por aquel entonces, que en la vida todo puede ir mal. Que hay elecciones que pueden marcarnos para siempre. Pero que, sobretodo, todos y cada uno de nosotros, con esas caras rebosantes de felicidad, nos podíamos llegar a convertirnos en nuestros más devastadores enemigos.
Ahora han pasado más de 20 años y muchas cosas que quizá todos quisiéramos no haber hecho jamás. Quizá él nunca hubiera querido colocarse entre los labios el primer cigarrillo que le ofrecieron. Puede que cada día, justo antes de dormir, pensara en los estúpidos esfuerzos que tuvo que hacer para acostumbrarse al sabor seco del tabaco. Es posible que ahora se arrepintiera de haberse emperrado tanto en aprender a liarse un porro. Incluso, que detestara, después de tanto, las infatigables sesiones de marcha a base de todo tipo de pastillas y estupefacientes, como único combustible. Y si hubo más, lo desconozco. Le perdí la pista, en el momento justo y el tiempo suficiente para no presenciar su alocada carrera hacia la decrepitud en la que ahora estaba sumido.
"Ya no fumo, ¿lo sabías?" Cómo decirle que realmente no me importaba. Cómo explicarle que ya hacia tiempo, le había sacado de mi vida por la puerta de atrás. Como los recuerdos que uno quiere dejar enmarcados sólo en fotografías, de las que espera, nunca puedan salir. "Genial, fumar es una mierda", le respondo sin embargo, mirándole a los ojos. Su mirada, inocente y a la vez penetrante se clavaba en mis ojos. Me daba la sensación como si dentro de su maltrecha cabeza quisiera preguntarme más cosas de las que salían por su boca, pero no se atrevía. "Me he hipotecado, ahora vivo en un piso de protección oficial, al lado de donde estaba la Cooperativa". Finjo tener interés por escuchar los avances que estaba alcanzando en su vida. "¿Y tú?". Llegó mi turno. Me sentía como el hijo estudioso, y a la vez extrañamente pródigo, en el que toda una familia de origen humilde hubiera puesto sus esperanzas. Y ahora, después de un tiempo fuera del pueblo, tuviera que rendir cuentas de mis éxitos acaecidos en la gran metrópoli. A medida que le iba explicando mis desventuras, se le iban iluminando los ojos. Daba palmadas y se regocijaba haciendo un ovillo con el cuerpo. "¡Anda que no habrás follado tú con esas de la tele!".
Pronto aparecieron los primeros silencios. De repente me di cuenta de que ya nos lo habíamos dicho todo. No era necesario alargar un encuentro fortuito, aunque llevara pendiente algo más de tres lustros. Y lo peor era que él también se había percatado. No había nada más de qué hablar ¿Para qué molestarme en explicarle cómo era mi vida? ¿Es que acaso me planteaba, ni por un segundo compartir algo más que la cerveza a la que muy amablemente había sido invitado? Y por último, ¿con qué objetivo intentaba él seducirme revelándome sus confidencias? Estaba claro que pertenecíamos a dos mundos completamente distintos. Como el agua y el aceite. Dos sustancias que pueden convivir en un mismo medio pero que nunca llegarán a penetrar la una en la otra, y al revés. Era justamente lo que sucedía con nosotros dos. Me sentía como cuando te embarcas como turista en uno esos viajes en los que ves la miseria a la cara y llegas a estremecerte. Es real, lo estás viendo en directo. Aunque luego, invariablemente, acabas reflexionando sobre ello mientras examinas las fotos que has echado desde la habitación, con agua caliente y conexión a Internet, del Sheraton de turno. Es como entrar y salir del infierno sin pagar peaje.
"Bueno..., me alegro de haberte visto...", dije con una tímida convicción que contrastaba con el abrazo en toda regla que yo mismo había iniciado. " A ver si te pasas un día", me contesto él, rehuyendo mis ojos, como mirando hacía el infinito. En ese momento, durante tan sólo un segundo, me di cuenta que él también lo sabía. Nunca íbamos a volver a vernos. Ninguno de los dos iba a descolgar el teléfono y marcar el número del otro. Nos separamos. Regresamos a nuestros mundos, siguiendo el camino a casa.
