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La Coctelera

unrincondemadrid

18 Agosto 2011

La despedida

Las leyes de la razón y la naturaleza no siempre se cumplen. La cordura dice que el ser humano no puede viajar en el tiempo ni vivir dos o más vidas paralelas a la vez. La naturaleza humana de la que estamos hechos imposibilita que simultáneamente, nuestro cuerpo habite dos lugares separados entre sí, por ejemplo, por miles de kilómetros de distancia. Aún así, tanto la razón como nuestra naturaleza deben rendirse ante la evidencia de uno de los momentos más angustiosos de nuestra existencia: la despedida. Los días, las horas, los instantes previos a una marcha definitiva, a una separación irremediable.

Los rayos del sol de media tarde reflejaban los destellos dorados de su cabello liso. Varios mechones de pelo reposaban tímidamente sobre sus hombros de piel suave y madura de terciopelo. El verde profundo de sus ojos luchaba por dejarse ver a través del aleteo de sus pestañas. Y mientras, se afanaba en evitar un encontronazo visual y directo con otros ojos, los míos, que como el famélico, buscaban ansiosos un poco de su luz.  

En su corazón latía una verdad partida, una mitad se estremecía rítmicamente en cada ventrículo. "He descubierto lo que es la libertad individual. No quiero volver" No hacía falta que pronunciara lo que ya retumbaba en mi cabeza: "No, no es por ti que no quiera volver". Sería estúpido pensar en algo así. Más "delirante" sería incluso pensar en una cuestión de amor. En unos pocos días volvería a Argentina después de haber descubierto en España su libertad. Regresaría y el gélido aire del invierno se adentraría en lo más hondo de su cuerpo. Barcelona quedaría como un cálido recuerdo lejano y difuminado bajo la espesa capa de nieve y hielo. Volvería a colocarse las gruesas capas de ropa que taparían por completo su cuerpo. Tomaría de nuevo el mismo autobús que la llevaría por las mismas calles frías. Miraría a través del cristal de la ventanilla el mismo reflejo de la rutina. Esperaría, y a la llegada a su parada bajaría las escaleras mientras se acabaría de ajustar los guantes para evitar que el frío se colara a través de las mangas. Allí, recostado en la pared volvería a verlo. Un abrazo tímido quizá, o puede que una sonrisa desconocida escenificarían el reencuentro. O a lo mejor un largo beso envuelto en un estrecho abrazo. Reconocería entonces el sabor de su saliva. ¿De verdad lo seguía amando?

Palabra tras palabra, sonido tras sonido, volvería a descubrirlo. Dejaría que la dulce y somnífera felicidad del recuerdo fuera adentrándose cada vez más profundamente en su ser. La misma nostalgia que acallaría, congelándolos, los días de verano. A cada paso alejándose. A cada esquina que doblaran. Después de cada cigarrillo apurado nerviosamente. Todo nuevamente con él. Todo volvería a ser como hasta entonces. Una vida feliz.

Y sin embargo aquello no sucedería hasta dentro de unos días, justo cuando regresara. En ese momento cayó en la cuenta de que el sofocante calor del litoral mediterráneo penetraba en sus pulmones ávidos de aire. La ansiedad hizo que se levantara en busca de cualquier cosa. El vestido de tirantes lila dibujaba perfectamente las curvas de su cuerpo espléndido e inquieto en medio de la brisa. El sol delimitaba la sombra de los dos en el suelo de tierra del patio. Entendí que nuestras sombras estaban hechas de la misma nada de la que estaba hecha la oscuridad. Y era yo, en ese momento, el que intentaba vislumbrar un atisbo de luz entre tanta penumbra. Yo, frente a ella, ajeno a sus pensamientos, intentando descifrar sus miradas esquivas, sus silencios, sus respuestas monosilábicas. Había algo desesperante en todo aquello que había empezado, casi como un milagro. Nuestra historia que se había iniciado con unas sonrisas cómplices, con ese escalofrío que me recorría el espinazo cada vez que mi piel rozaba la suya. Pero envidiaba ahora a mi propia sombra, que era capaz de superponerse a la de ella. Llegaban incluso por momentos a formar juntas una única sombra.

El suelo del patio era el escenario mudo donde nuestras sombras se abrazaban furtivas lejos de las miradas de los demás. Y a pesar de que anhelaba que mi cuerpo se convirtiera en oscuridad para adentrarme en ella, ahora se que de nada hubiera servido. Ya no estaba allí. Parte de su mente viajaba ya rumbo a Argentina. Vivía sus últimos días entre jerseys de lana y camisetas de tirantes. Transitaba entre el viento gélido de le daba la bienvenida a su país mientras descendía por las escalerillas del avión, y el frescor del chorro de agua de la manguera del jardín proyectado sobre sus pies desnudos. Vagabundeaba a través de dos mundos distintos. El suyo, sólido, construido durante veinte años, y el nuestro, efímero, diseñado por Gaudí, por el deseo, por la ansiedad del adiós. Hacía tiempo que su consciencia había precedido a su cuerpo en el viaje transatlántico, dejándome solo. Volaba su mente como el pájaro que regresa resignado a su jaula. Mientras su boca, sus ojos, su espalda, sus senos, permanecían todavía aquí, prohibidos. La última vez que estreché su cuerpo, justo antes de la despedida, todavía creí percibir el perfume de libertad en su nuca.

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¡Hola, que tal! Me llamo Diego. Soy un enamorado de Madrid, aunque muchos piensen que me he vuelto totalmente loco. Me encanta caminar por la ciudad, ver sus monumentos iluminados cuando cae la noche, recorrer las calles y caminos del Retiro, visitar los lugares de culto, pasar toda la tarde tapeando y sobretodo, mezclarme con gente de todo el mundo. ¿Os apetece que descubramos la ciudad juntos? ¡Vamos a ello!
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